sábado, 8 de julio de 2017

NO SÉ QUÉ ES PEOR

No sé qué es peor; ser despojado de un hogar e iniciar uno nuevo, o quedarte a escuchar los ecos de la ausencia, los errores y los arrepentimientos.

No sé qué es peor; que no tengas nada mío, u observar casi casualmente la chalina que dejaste, las vendas restantes de tus curaciones, los colorantes de ropa que nunca usaste, la campana de viento que trajiste de tu casa y olvidaste, y el cepillo de dientes que dejaste en nuestro estuche de viaje.

No sé qué es peor; llegar a un lugar vacío y llenarlo de las cosas que atreviste a llevarte, o regresar a casa y encontrar todos los huecos, los vacíos que dejaste.

No sé qué es peor; abandonar una casa y llevarte a la mitad de tu familia, o verte obligado a despedirte para siempre de la mitad de tu familia, porque no es tuya.

No sé qué es peor; dibujar tu contorno con mi memoria o tratar de dejarte atrás.

viernes, 30 de junio de 2017

LA CARTA

Viernes 30 de junio de 2017

A: Semillita de melón.


Me había resistido mucho a escribir esta carta por el dolor que me produce.

Pero no hay plazo que no se cumpla, y aquí estoy, en la soledad de la sala, extrañándote y supuse que era el momento adecuado.

He descubierto muchas cosas en estas semanas que hemos estado separados.

Descubrí que hay muchos amigos a mi alrededor que se alejaron porque entre mis acciones y las tuyas, se sentían incómodos o intimidados de compartir nuestro espacio.

Descubrí que hacías más para mi y para lo que fue nuestro hogar de lo que nunca me di cuenta.

Descubrí que me gusta el silencio en las mañanas, y que la tele me aburre.

Descubrí que a pesar de que estuviéramos enojados, o tristes, me hace muchísima falta tomar tu mano por las noches y olerte en las mañana, en las tardes, y por la noche.

Descubrí que hay un mundo entero allá afuera que estaba esperándome y que temía recorrerlo porque no quería provocar tu enojo o tu celo.

Descubrí que hay pocos lugares en los que me sienta más cómodo que acurrucado en tu seno.

Descubrí que necesito el aire y la libertad de la que me sentía privado, para extender las alas de las que siempre me hablaste, y volar como siempre quise.

Descubrí que perdí más que una compañera, perdí a una familia entera, empezando por ti y el gato, y terminando con tu madre, su pareja y tus hermanos y sobrinos; que se volvieron míos y a quienes también extraño sobremanera.

Descubrí que parte de mi condición de bebedor, era causado por una búsqueda de evasión, por no querer ver dónde estaba, por embrutecer mis sentidos y ahogar mi tristeza en un vaso sin fin.

Descubrí que disfruto de mi soledad, que por momentos me abruma, pero que me permite pensar, y respirar, y meditar.

Descubrí que te extraño mucho más de lo que pensé extrañarte jamás, que me duele tu ausencia, que me parte el corazón no saber si estás bien o mal, que puedo llorar por fin, a solas, pensando en ti.

Descubrí que había dejado de ser yo, en muchos aspectos de mi vida, dejado viejos (y buenos) hábitos, para adecuarme a lo que eras, a tu blanco o negro, a tu bueno o malo.

Descubrí los celos que siempre quisiste hacerme sentir, al pensar o imaginar que estés con alguien más. Que le entregues tu cuerpo que fue mi templo y perdición a alguien más, que no sea yo.

Descubrí que los pelos del gato, estaban afectando mis vías respiratorias.

Descubrí que a pesar de vivir lleno de pelos, extraño mucho al gato, y me preocupa saber si está bien, pues antes de que te lo llevaras, lo noté ansioso, triste, nervioso, buscándote, y me pregunto si estará contigo o con alguien más. Y si es con alguien más, me preocupa que esté bien sin ti y sin mi. (Me da miedo tener la certeza que el viejito se nos ponga mal)

Descubrí que la vida es cambio y movimiento, y que nos habíamos estancado en un pantano de costumbres.

Descubrí que fuiste, y aún eres, la relación más significativa de mi vida, que no podría negarte ni olvidarte jamás y que me hubiera encantado que lográramos hacer las cosas de forma diferente.

Descubrí que me duele tanto escribir esta carta, tan ambivalente, tan confusa, tan llena de reproches y añoranzas, que la tuve que hacer en pequeñas secciones, porque la prosa, en su flujo constante, no me hubiera permitido terminarla.

No sé qué nos depara el futuro, de todo corazón te puedo decir que te amo, y que sólo deseo lo mejor para ambos. Sé que la separación fue la mejor decisión, en éste momento de la vida. Pensar en una segunda parte para nosotros es demasiado prematuro, creo que todo lo que nos hicimos tomará bastante tiempo en sanar, y antes de eso, pensar en siquiera vernos me parece algo bastante estúpido.

Sé que eres una mujer grandiosa, y que no te faltarán los apoyos, los amigos y quizá los amantes o el hombre que te ayude a superar todo esto y devuelva la felicidad a tu cara.

Te agradezco absolutamente todo, los viajes, los libros, las enseñanzas, las lecciones, la tolerancia, todo tu amor, tu fe, tu apoyo, tus sonrisas y tu entrega. Todo. Me quedo con eso. Espero tener la suficiente sabiduría para aprovechar al máximo las lecciones, aprender de nuestros errores y convertirme en una mejor persona.

Pues nada, ¿qué mas?. Te extraño, te celo, te añoro, pero la vida me convence de que hoy, al menos hoy, estamos donde debemos estar, lejos el uno del otro. Porque no quería resignarme contigo, no quería decir (pues ya qué) o peor aún; llegar a un punto de hartazgo para ambos, que el veneno matara todo lo bueno que fuimos.

Jamás voy a olvidar tu rostro cuando volteé a verte la última vez antes de cerrar la puerta tras de mi, pero ya no aguantaba más, no podía postergarlo más. Era demasiado dolor, demasiada pena para seguir ahí, sabiendo que postergábamos lo inevitable.

Hay tantas cosas que quiero decir, y a la vez, siento que ya lo dije todo.

Que la vida sea buena contigo, flaca. Y si nos volvemos a encontrar, que sea con amor, cariño, respeto y admiración.


ATTE
Tu cafecito express

jueves, 1 de junio de 2017

LAS MENSAJERAS

Desde hace algún tiempo comencé a descansar en las 4 máximas de la vida. Su sencillez es algo que me brinda mucha paz en los momentos más confusos.

Resulta que la vida me envió dos mensajeras durante el proceso que estoy viviendo.

La primera llegó algunas semanas antes del rompimiento. Yo estaba lleno de dudas acerca de la decisión de terminar o no.

Sin que yo dijera nada respecto a mi historia personal, mientras le colocaba las extensiones (que es a lo que me dedico ahora, poner extensiones de pestañas), comenzó a contarme que iba a viajar a Querétaro, por motivos de trabajo y que se iba a quedar en casa de una ex pareja.

Su historia y la mía de pronto comenzaron a parecerse mucho. Una pareja que "funcionaba" que se quería, que de buenas era maravillosa, pero que arrastraron muchos problemas, su separación fue similar, ambos entendieron que la situación no se podía sostener por mucho tiempo y que el cariño no bastaba para que la relación perdurara.

Yo estaba conmovido, fue una mañana sumamente difícil para mi, lleno de dudas e incertidumbre. Y de pronto, supe que era un mensaje.

Después de eso, su historia culminaba con un gran amigo, en quien confiaba al 100% y con quien no descartaba la posibilidad de regresar, pero que de momento, las vidas que ambos tenían no se prestaban para algo así. Y está bien. Concluyó.

Me hizo comprender que el proceso que vivía yo era justo lo que debía suceder, que como sucedía era lo único que podía pasar, y que estaba bien.

La segunda mensajera llegó el día de hoy.

Comencé mi servicio como siempre, una clienta más. Le fui explicando el procedimiento, los detalles de la aplicación, etc. y de pronto me aborda con un: ¿tienes un tres en tu fecha de nacimiento, verdad?

-No tengo uno, tengo tres. Respondí.

Comenzó a describirme a detalle, mi personalidad, lo que he anhelado en mi vida. El fin de mi vida Godínez, mi carácter, cosas personales.

Resulta que es numeróloga, vidente, comerciante y no sé cuantas cosas más.

Supo que hace poco me había separado, y describió la dinámica de pareja que yo tenía de una forma muy detallada. Me dijo que estuviera tranquilo, que el proceso tenía que ser así y que las cosas fluirían bien para ambos.

Dijo otro par de cosas que no pretendo compartir aquí pero me definitivamente me dejaron más tranquilo.

Hoy más que nunca estoy seguro de que hay alguien allá arriba que me está cuidando.

Gracias por todo, papá.

miércoles, 31 de mayo de 2017

EL ROMPIMIENTO

No me queda muy claro aún cómo quiero comenzar esto, pero de alguna forma tengo que comenzar.

Pues nada, resulta que después de casi ocho años de relación de pareja, una historia que tuvo altas y bajas se dio por finalizada.

Algunos preguntan si fue decisión de ambos, otros preguntan por los motivos, otros más por mi estado; aunque la mayoría se dan cuenta de que estoy en un estado extraño, como en una onda taciturna. Me suele pasar.

Mi respuesta siempre es la misma: Fuimos unos pendejos, arrastramos demasiadas cosas, demasiado tiempo, no supimos solucionar.

Duele, pero cada vez estoy más convencido de que sucedió lo que tenía que suceder. Todo al tiempo correcto, y de la forma adecuada.

Atravesé una semana de miedo, en la que no entendía quien era, y los espacios vacíos que ella llenaba se hacían más presentes por la ausencia de ropa, muebles y objetos personales que ya tampoco están.

Siempre he sido un tipo que se muestra duro con las pérdidas, aunque la experiencia me ha demostrado que después de un tiempo, el dolor que logro tragarme merma mi físico, mi concentración y hasta mi salud. Por eso hago esto. Porque pretendo ir digiriendo lo que siento y pienso para que la transición sea más sencilla.

La separación fue sumamente dolorosa, pero conmovedora. Dos personas que se quieren y se desean todo lo mejor del mundo. Bailamos, reímos, bebimos, jugamos, vimos películas, series, nos bañamos juntos, viajamos... en dos semanas hicimos más de lo que hicimos en varios meses. Con más calidad y entrega, al menos.

Hay algo que quizá nunca pueda olvidar. Su rostro cuando ya no pude soportar más la tensión del día de despedida y huí de casa para dejar todo atrás. Soy un tipo de sablazos, y la despedida se estaba alargando demasiado.

Ni qué más decir. Aquí estamos, aún vivos, y dispuestos a seguir caminando.


lunes, 13 de junio de 2016

Ecos

Hace mucho tiempo que no escribo aquí, a veces pienso que demasiado.

También pienso que los blogs han pasado de moda y que no hay nadie que los lea. Es cierto que comencé escribiendo para mi, y que me sorprendí al tener unos cuantos lectores, y también es cierto que ésos lectores me alentaban a seguir compartiendo.

Hoy, siento que los he abandonado y estoy aquí escribiendo para mi de nuevo, quizá sea una señal, quizá sea sólo un ciclo, pero lo que es verdad es que siento nuevamente la necesidad de plasmar mis pensamientos aquí.

Hay muchas cosas que están cambiando en mi vida, pero no es el momento de hablar de ellas, se tienen que dar cada una a su ritmo y trataré de compartirlas en su momento, si aún hay alguien que lea aquí.

Por lo mientras, éstas palabras serán como ecos, de lo que fue, y con suerte, de lo que será.

eco, eco, eco...

sábado, 8 de noviembre de 2014

DIALOGOS CON MI PADRE

La reciente celebración de día de muertos es ya la segunda en la que pongo una foto de mi papá en el altar, sin embargo, es la primera vez que lo asimilo como tal; el año pasado con poco más de un mes de su fallecimiento, todo estaba demasiado fresco y ver su foto en el altar me parecía surrealista.

Este año fue distinto, el altar se preparó con días de anticipación, cuidando que todos los detalles estuvieran presentes, preparándome para la llegada de mi padre a casa.

No confundan mi romanticismo como una afrenta a mi declarado escepticismo y ateísmo. Pero la celebración del día de muertos siempre ha sido de mis celebraciones favoritas debido a la alta carga de simbolismos, sincretismos, colorido y porqué no decirlo, porque es lo más alejado a la navidad que puede haber. Lo que hace de todo el ritual uno que no puede ser pasado por alto en mi hogar.

Pero estoy divagando y el título de mi entrada es muy distinto a lo que estoy expresando hasta ahora.

Los diálogos con mi padre fueron prácticamente inexistentes durante toda mi niñez, limitándose a los "¿Cómo te fué?" "¿Quieres desayunar?" y el "Buenas noches".

Lo escuché con frecuencia entablar disertaciones y debatir acerca de multitud de temas, y ocasionalmente pude preguntar y recibir una amplia respuesta muy a su estilo de orador implacable.

Fue hasta que se fue de casa que comencé a platicar con él. Quizá por primera vez nos encontramos con un motivo para vernos y por tanto, con la necesidad de saber qué pasaba con el otro más allá de la obviedad de lo observable.

Descubrí a través de aquellas tardes con mi padre cuánto me parezco a él, que soy inevitablemente un producto de su influencia, más allá de la crianza, de la cual no sé si existió o no.

Hablar del cosmos, de política, de religión, de educación, de tradiciones, cultura popular, vino, comida, ciencia, y hasta de animales durante una comida o una cena se volvió un ejercicio placentero y un pretexto para estar al tanto de la vida del otro.

Durante meses, he extrañado a mi compañero de pláticas, hasta que hace poco menos de dos meses, me di cuenta de algo: En todas, nuestras pláticas había comida y bebida de por medio. Nuestras citas siempre se daban en sus restaurantes favoritos, o en los míos. Y platicábamos de todo aquello mientras compartíamos algo que hoy nos une más allá de las ideas. Me di cuenta de que platico con mi padre cada vez que me meto a la cocina (algo que siempre me atrajo y que hoy practico cada vez con mas pasión e ingenio). Cada vez que preparo algún plato que él me preparaba, que compartimos juntos, o que me pongo a improvisar con las sobras del refrigerador, siento las manos de mi padre guiando mis manos, sus extraños experimentos de sabor guiando mi incipiente intuición. Cada vez que tomo un riesgo, que encuentro nuevos sabores o que repito alguna de sus recetas mágicas, sé que está conmigo.

Los diálogos con mi padre ya no pueden expresarse con palabras, hablo con él cada vez que huelo el vapor para saber si la cocción está terminada; cada vez que decoro un plato con yerbas o crema; cada vez que busco nuevos sabores o reencuentro viejos sabores olvidados.

Más allá del romanticismo de la idea del día de muertos, de su visita a través del discurso de tan bella tradición, he descubierto que mi padre me visita varios días a la semana, cada vez que prendo la estufa y me llevo la cuchara a la boca.

Bienvenido a casa papá.